1
Permíteme descansar en tu hombro, extraña estrella conocida. El amor sin furia no sería el mismo, no sería el mismo sin vos. Tal vez solo un pasatiempo.
La mala suerte hace que nuestros destinos no se crucen. Pero hay algo mágico en el aire, tal vez sea la humedad de la noche que enciende los televisores.
Niña quieta, que quiere crecer físicamente, pero tu mente, conjugada en la inocencia, desea ocultarse por siempre en tu edad.
Almíbar en tus frases, azúcar en mis poemas. Ruido taladrando mi habitación.
La sal bajo mi cama que cura heridas.
Mis ojos, mis lágrimas y tu boca fumigando el hedor alrededor.
2
Fundámonos en la eternidad de la nada. Del nacimiento y de la muerte.
Solo voces que se pierden en el murmullo colectivo. Te encontrare, aun con sordera.
Rebotan los pensamientos. Se bifurcan los sueños. El televisor se enciende misteriosamente. Las guitarras vuelan y las familias se reúnen en un gran acto caníbal, devorándose los unos a los otros.
3
Vacío, y el ruido que alguien me ha legado, nunca se acaba.
Nada es por siempre, y a la vez la nada es tan pequeña que no me reconforta.
Pequeña sed, enorme sed. Años luz entre nuestros corazones.
4
La eterna niña mujer no encuentra hogar, salvo en una hoja, en un jazmín perfumado, en mi voz, en todos.
En mi cuerpo que la espera silenciosamente.
FEDERICO A. AISENBERG
"BAR ARTAUD", EDITORIAL DUNKEN, 2008.
domingo 16 de mayo de 2010
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